Waldo Frank
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El aire de esta tierra de los hombres era pesado; una habitación supercalefaccionada con ventanas sucias eternamente cerradas no permitía ver el cielo ni todos los locos esplendores de la creación; se impuso el silencio y el polvo del odio recayó sobre el hombre hasta que en un destello como la fisura de un átomo se oyó una voz.
Este hombre era el producto de la creciente enfermedad del mundo. Su madre, una muchacha de Ohio con pantorrillas fuertes como las de un potrillo, senos que eran pálidas rosas, una cabellera rubia como la miel y suave como la pluma de ganso y ojos radiantes que miraban con desdén a sus enamorados, porque su belleza producía esta locura entre los hombres. Un día escuchó en la transmisión de las noticias mundiales que un indio tehuelche de la Tierra del Fuego, un gigante de seis pies de altura, se había drapeado los hombros con la piel lanuda de un carnero. El reportero explicó que en la época en que el hombre blanco de esta helada parte del mundo usaba elaborados trajes para protegerse de los vientos antárticos, los tehuelches vivían desnudos y que sólo de vez en cuando se cubrían la espalda con una piel. Tierra del Fuego gozaba, por cierto, de la calefacción de la Patagonia, miembro de Panamérica; la actitud de este hombre era un crimen absurdo. Cuando los padres de la localidad golpearon a su puerta se puso frenético y con sus inmensas manotas comenzó a reventar cráneos. Los sobrevivientes se vieron obligados a atarlo con tiras de cuero de cordero, y a falta de un sitio más adecuado, lo dejaron preso dentro de una barraca de gruesas murallas en que se guardaba uranio, metal que se explotaba en la región. Era un gigante, terminó diciendo el reportero, pero la irradiación pronto terminaría con él. Ese mismo día la muchacha de Ohio pidió prestado un avión abierto, y con sus cabellos sueltos como una estela solar voló a Tierra del Fuego. Cuando volvió pocos días después, el indio había desaparecido misteriosamente y ella estaba encinta. Su hijo se convirtió en un muchacho flaco, pero fuerte y nervioso, que en nada se parecía a sus padres. Sus piernas eran como las de las gaviotas, su pecho era enjuto y frágil y su cabeza era puros ángulos. Sólo su sexo, largo y sinuoso, tenía distinción, pero los ojos admirativos de las muchachas de la vecindad no lo conmovian; era tan casto, parecía, como su madre. Comenzó a trabajar como técnico en la planta local de calefacción y cuando cumplió los veintiún años se compró un espacio en el Foro Público del Aire.
-Conciudadanos del mundo -gritó-: estáis hastiados de vuestros cuerpos, vuestra carne os desagrada, porque creéis que es todo lo que tenéis y que es lo único que sois... ¿No sabéis que Dios está dentro de vosotros? Estoy diciendo exactamente la verdad; soy un matemático. En mi cuerpo, en el cuerpo de cada hombre, mujer y niño ESTA Dios. El está en vuestra carne, pero la carne no puede alimentarlo. Sólo vuestra conciencia de El puede alimentarlo, porque en realidad vive en vosotros, Sin esta conciencia, desaparece; esta conciencia, el pueblo debe tenerla, porque de lo contrario El muere. Esta es la causa del hastío y de la corrupción que hoy existen en nosotros. Si El vive en nosotros, El, el creador del Cosmos, el Cosmos también vivirá en nosotros, ¿y cómo, con la fuerza que impulsa y mantiene a los soles en su curso, podríamos sentirnos hastiados? ¿Cómo, con el fuego de los soles y el verdor de la tierra, podríamos tener frío? Pero si por causa de vuestra ignorancia Dios muere en nosotros, seremos soles muertos.
Así se inició la cruzada del hombre que se llamó a sí mismo Bonabath II, y cuya madre, pronto se supo (su vuelo a Tierra del Fuego nunca fué conocido), era virgen. Los hombres y las mujeres contemplaron sus cuerpos, se los tocaron y dijeron: "Dios está aquí". Los niños en las escuelas repetían a cada hora: "Dios, el creador del mundo, está en mis compañeros y en mi profesor", El muchacho que se sentía atraído hacia la muchacha justificaba su atracción porque sabía: "Dios me atrae hacia el Dios en ti". Un nuevo deleite, como el viento sur después del invierno, conmovió a los seres humanos. Los hombres volvieron a amarse, y, por lo tanto, volvieron a pelear. Los conflictos hacían decir a cada cual: "Reniega al Dios en sí mismo y desea renegar al Dios en mi". Surgió expectación por el cuerpo con vida cósmica, orgullo y pasión. Bonabath II repetía hasta el cansancio lo que sabía. En su planta atómica implantó un método, aunque sus palabras dirigidas al mundo tenían magia en sí. Y en realidad era magia, porque la cosecha fué extraordinaria. Los poetas cantaban al Dios en sus cuerpos. Los filósofos de la anatomía y la psicología diseñaron los rasgos de Dios. El desierto de la humana hambruna volvió a alimentarse y prorrumpió y saltó a la jungla. Florecieron el amor y el odio, la ternura, la crueldad y la furia. La frialdad hacia sí mismo se convirtió en un sacrilegio, y la concupiscencia hacia los demás, en evangelio.
Bonabath II, cuyo pecho era débil, en pocos años se mató, hablando, y dejó el campo a sus intérpretes, que lo convirtieron en campo de batalla. Puesto que Dios, según el conocimiento que se tenía de Dios, estaba en cada cuerpo, el cuerpo si esta información era correcta era sagrado, pero si la información era falsa, maldito. La información verídica era sagrada; la falsa, demoníaca. El cuerpo era conocido por su forma; el conocimiento de Dios dentro del cuerpo era conocido por su forma, y si era verídico, debía ser defendido, pero si era falso, tenía que ser destruido. ¿Quién había de juzgar entre los jueces? Un nuevo cúmulo de problemas abrumó a la humanidad. Ahora existía demasiado impulso de vida, demasiado amor por la verdad, excesiva defensa de lo "bueno" y odio por lo "malo". Este impulso llevó a la indulgencia, la indulgencia al caos, la verdad hacia la contención y la contención a la lucha.
Los discípulos de Bonabath II, que se llamaban a símiamos "Los Fieles", sostenían que el cuerpo desnudo no podía hacer ningún mal, aunque sus hechos fueran el libertinaje y la concupiscencia; todo lo demás era falsedad. Pero una minoría, llamada "Los Puros", consideraba que el cuerpo, "tabernáculo de Dios", debía ser defendido, y defenderlo era, ante todo, cubrirlo: la carne, decían, cegaba los ojos de la inteligencia hacia el Dios dentro de ellos; la carne debía ser protegida. Cada año la secta de "Los Puros" predicaba más abiertamente la vuelta del vestuario, y al fin fué necesario acallarlos por la fuerza, pero se multiplicaron como nunca. Se reunían en lugares secretos, vestían sus cuerpos en ritos secretos y sólo los revelaban cuando se llegaba a la cumbre de la excitación de su culto. La violencia y el crimen llegaron a su apogeo. El Dios dentro del cuerpo inspiró a millares el asesinato y la violación, y hasta el robo. Muchos obreros, comenzaron a abandonar su trabajo, porque, argüían, interfería en su búsqueda de Dios a través de la meditación, y el hambre, desconocida durante siglos, visitó la Tierra. El intrincado sistema económico del mundo, helado antes por la parálisis del aburrimiento, ahora estaba amenazado por la anarquía. En el norte de América, en los distritos del Canadá, Nueva Inglaterra y Nueva York, "Los Puros" surgieron de las catacumbas con el refrán: "¡Vestuarios para proteger la habitación de Dios!", y destruyeron las plantas generadoras de calor, marcharon vestidos hacia los edificios de la administración y condenaron la desnudez. El mundo ortodoxo tembló. Una enorme multitud de "Los Fieles trató espontáneamente de acallar a los traidores. Al convergir sobre las tierras no calefaccionadas se helaron y tuvieron que devolverse, con excepción de los más fieles, que pidieron ropas prestadas para derrotar a los con vestuario, pero pronto se perdieron entre ellos. Los centros ortodoxos, entre tanto, preparaban un ataque más metódico, bombardearon a los infieles con propaganda: "Hagan funcionar nuevamente sus plantas de calefacción y las ideologías viciosas desaparecerán". Pero los distritos disidentes se empecinaron y prosperaron. Las nuevas industrias de vestuario lograron un inmenso auge, y entusiastas hombres y mujeres se regocijaban con la infinita variedad de adornos personales que les ofrecían y además con las ganancias que daba la producción. El vestuario hizo revivir a los poetas y a los artistas; el vestuario refrescó las pasiones. La máquina, que durante años había sido una aburrida y mínima necesidad, pareció invitar a los trabajadores del vestuario como si fuera una prenda de la voluntad. Pronto hubo un comercio ilícito con las regiones de "Los Fieles", donde continuaba el caos y se acrecentaba la deslealtad. La única meta de las tierras fieles era ahora la guerra y los preparativos para hacerles la guerra a los vestidos: es así cómo, indirectamente, el vestuario se convirtió en una necesidad para los desnudos.
Por fin se puso en marcha el ejército de "Los Fieles". La campaña debía tener lugar a fines de primavera, para que los soldados, cuando llegaran a las áreas no calefaccionadas, no se tentaran, como durante la primera campaña, a vestirse. "Los Puros" estaban en franca minoría y no ofrecieron una resistencia organizada. Desde Nueva York a Vancouver se abolió el vestuario y las plantas generadoras de calor estaban preparadas para entrar a funcionar en el otoño. El mundo libre de los desnudos se electrizó con la victoria.
Pero las frases entusiastas escondían un problema: los cruzados volvieron, pero millares venían impresionados por lo que habían visto en los activos y unidos territorios del norte: era como si el Dios dentro del cuerpo de los vestidos se hubiese convertido en más fuerte.
Uno o dos años después de la gran rebelión, un nuevo autor publicó un panfleto que, por lo visto, debía ser tomado como chiste. Dios está en todas partes potencialmente, argüía: en el cuerpo de los hombres, en los campos y en los cuerpos de los animales de los campos, y, por lo tanto, también en los productos de los campos y en los animales de los potreros. Los hombres y mujeres que vestían con estos productos: hilo, algodón, lana y cuero, sólo tenían que ver a Dios en sus vestuarios y estarían en las mismas condiciones que los desnudos. El tratado estaba firmado Bathabon y la risa provocó el éxito. Pero a la risa se mezclaba la duda. Nadie tomó cartas en el asunto. La hora de la tolerancia -hija mayor de la desaliñada indiferencia- se había impuesto.
"Los Puros", todavía muy activos, aunque no eran el grupo mayoritario del norte traidor, esperaron una década; entonces, bajo su nuevo jefe femenino, reafirmaron su lealtad a la Federación, pero rechazaron los estatutos regionales sobre la desnudez obligatoria y no destinaron fondos para el sistema de calefacción. Nadie se armó contra ellos; por lo visto, la verdadera libertad era así y muchos distritos de menor importancia en varios puntos del mundo siguieron su ejemplo.
La nueva economía tuvo efectos políticos. El vestuario requería industrias y comercio y por cierto que el sistema federal no podía proveerlo. Se convirtieron en el epicentro de la finanza local, de la manufactura local y del comercio local. Esto los hizo fuertes, conscientes de sí mismos, celosos y orgullosos. Pronto surgieron nuevamente los "intereses nacionales y los "valores" nacionales. Los hombres con vestuario podían llevar uniformes y los hombres con uniformes podían marchar. Los diplomáticos que tenían uniformes tras si podían complotar y persuadir. El patriotismo inspiró sospecha. Posiblemente "al otro país producía armas y bombas para fomentar su comercio. La "defensa" se hizo necesaria y se abrieron usinas para asegurarla. Como se oxidaron los sistemas de calefacción, los poetas se hicieron populares una vez más y cantaron las estaciones.
Y cantaban (ahora veladamente) la divina forma, no porque Dios estuviese en el cuerpo (esto era demasiado obvio y vago), sino porque el cuerpo era bello. Floreció un nuevo humanismo. Mirad, decían los fisiólogos, los senos femeninos. Si la mujer anda erecta y desnuda, están expuestos como en ningún otro cuadrúpedo mamífero. Mirad el sexo del hombre: se destaca como en ningún otro animal masculino en cuatro patas o (en los simios) en pies y manos. El hombre desnudo tiene que andar como un animal o mantenerse erguido y vestirse. ¡La Naturaleza lo decidió! Una nueva escuela de filosofía pragmática invadió las universidades y hasta las del mundo desnudo. Mantenía que la presencia de Dios en el cuerpo del hombre sólo puede convertirse en real a través de la acción humana. Pero como Dios es infinito y toda acción humana está delimitada por el espacio y el tiempo, ninguna acción puede simbolizar a Dios. Dios está oculto; éste es el único hecho positivo que el hombre sabe sobre El. Por lo tanto, esconderlo es el único acto que puede expresarlo. El vestuario es el medio de esconderlo, el vestuario es el acto humano que expresa a Dios.
Llegó el momento en que Groenlandia, a la que el sistema de calefacción atómica había liberado de sus aternos hielos, era la única comunidad del mundo que seguía desnuda. Los groenlandeses gozaban de gran atracción turística, y los habitantes de paises menos atrasados encontraban que el hombre y la mujer desnudos eran pintorescos y acudían en gran número a Groenlandia, como en tiempos ya remotos visitaban México para ver pintorescas carretas tiradas por bueyes o aldeanos con sarapes.
Las regiones volvieron a ser naciones manufactureras de vestuario y de patriotismo que reservaban sus recursos atómicos y solares para la defensa. Llegó el día en que se declaró la guerra abierta entre la Unión Sudafricana y Brasil. La disputa fué por la posesión de una nueva isla recién descubierta cerca de Tristán da Cunha en el Atlántico. Era apenas una roca deshabitada, salvo por pájaros marinos cuyo guano era precioso para la extracción de energía solar. Durante las primeras horas de hostilidad, todas las grandes ciudades de ambas naciones fueron destruidas desde el aire, y una bomba casual (nadie supo si brasileña o sudafricana) voló la pequeña isla guanera. Los sobrevivientes de ambas naciones -ahora sin ciudades y sin isla por la cual luchar- juraron pelear hasta las últimas consecuencias. El mundo dejó escapar un suspiro de alivio, así como un hombre después de un día de trabajo bajo gran calor se hunde en un sillón de su terraza, mientras alguien le pasa una bebida helada. Mañana, maldito sea, será otro día, pero por el momento, olvida...
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