Matilda
no sólo no se preocupaba, sino que estaba más feliz y más atareada que
nunca. No trabajaba tanto en la casa, sino que le dedicaba mayor tiempo a
su música. Trató de aprender a repetir una idea musical; estudiaba
sus propios acordes como para poder repetirlos. Joe sabía que esto era a
causa de David. Matilda nunca había amado a Toine; había sido la tierra bajo su arado de hierro, y él había
plantado la espina que rompería su carne y destruiría sus ojos. Joe
sabía que ambos amaban a David. "Matilda me dejaría, no le importaría.
No está pensando en mi. Se iría..." Pero pasaron diez días y David no
volvió. Pasaron dos semanas. Era a fines de septiembre.
Joe
estaba en el granero, eligiendo manzanas y colocándolas en canastos.
Los perros saludaban con su mayor cariño, y ahí, enmarcado en la puerta
brillante de luz, estaba David, con traje de ciudad y un sombrero negro
de paño.
Joe dijo:
-Matilda ya debe de saber que está aquí. Vaya rápidamente a verla.
David colgó su sombrero en uno de los palos para arneses:
-Quiero hablar con usted antes.
Joe apretó los puños; esto ayudaba a contener el temblor de su cuerpo.
-Me
fuí para pensar las cosas con tranquilidad. David se sentó sobre una de
las canastas-, Desde hace mucho tiempo sé que quiero a Matilda. Sabía
que quería casarme con ella. Lo que tenía que pensar era: ¿puedo
hacerlo?, ¿sería cuerdo sacarla de aquí?
El silencio de Joe temblaba y de pronto se escapó en palabras sonoras:
-¡Qué tenía que pensar! ¡Cásense, por cierto!
-Esa- sonrió David- es la conclusión a la cual he llegado.
Joe agitó las manos.
-Afuera. Vaya a ver a Matilda.
David no se movió.
-Quiero explicarle para que no se preocupe demasiado.
Escribo música, como usted sabe, que no vale un centavo. Pero tengo un
poco de dinero y en un lugar cerca de San Francisco, una casita
encantadora con vista al mar. Cuando necesito dinero contante, lo que
ocurre aproximadamente una vez al año, voy a Hollywood y junto algunos
sonidos triviales para una película. A eso lo llaman música...; bueno,
lo era una vez, pero los dólares que me dan son modernísimos. Lo que
quiero decir, Joe, es que Matilda no se morirá de hambre. Además, sé que
puedo ayudarla con su música. Algún día, si no me equivoco, el mundo
entero le rendirá homenaje. No es eso lo que me preocupa. San Francisco
está muy lejos. ¿Quién puede saber cuándo volverá a verla?
-¿Padre, y qué te pasará a ti?
Se dieron vuelta y la vieron destacarse contra la luz. Joe
dió algunos pasos hacia la izquierda y luego hacia la derecha, con las
manos empuñadas una vez más; su rostro estaba encendido. Entonces se
quedó inmóvil y se enfrentó a Matilda.
-¿Qué
me pasará a mí? -gritó-, ¡Por fin estaré tranquilo! Por primera vez
descansaré, eso es lo que me pasará a mí. ¿Te gusta, David? No te
preocupes del viejo Joe Pulsa. ¿Crees que ha sido fácil para el viejo
cui-darte siempre? Te equivocas. David, es una mujer que da mucho
trabajo. Yo soy fuerte. Tengo mucho aguante, pero ella me cansa. Más
vale que lo sepa antes de que se case con ella. Pero es una buena
muchacha... para un joven. Es muy posible que trabaje mejor para un
joven que para un viejo que ni siquiera es su verdadero padre.
David, profundamente sorprendido, miró a Matilda. Ella sonreía serenamente y casi rompió a reír.
-Padre -exclamó-; no sé qué es lo que te va a pasar, pero no es necesario provocar esta escena tan tonta. Claro que me iré. David, no creas una sola palabra de
todo lo que ha dicho. Pero me iré. Dentro de una semana se casaron y se
fueron.
Durante
los primeros meses no hubo ningún cambio en la vida de duro trabajo de
Joe en la granja. Llegaban las cartas de David desde San Francisco y
todas contaban el mismo cuento: Matilda estaba feliz, Matilda hacía grandes progresos con su música. Luego comenzó el cambio imperceptible.
Joe comenzó a abandonar la tierra, la casa y los animales. El polvo se
acumuló en la cocina y comía sólo lo que encontraba a mano. Se acostaba
a dormir en una cama no ventilada ni arreglada. Nunca volvió a entrar
en la pieza de Matilda. Las cartas eran menos frecuentes a medida que
contaban cosas más maravillosas. Matilda iba a dar un concierto. Un
largo silencio: luego, Matilda había dado el concierto, que había sido
un gran éxito. Conjuntamente con el cariño de Matilda incluía recortes
de los diarios. Joe apenas podía comprender lo que decían, pero ahí
estaba su retrato, ¡su retrato en los diarios! Matilda con su guitarra
entre sus brazos desnudos y un vestido vaporoso y brillante: lo único
que necesitaba para ser un ángel eran las alas. ¡Y los ángeles son
felices!
Cuando Joe
estuvo bien seguro de que ya no lo necesitaba más, su muerte se
apresuró. Pronto cayó enfermo, pero no consultó a ningún médico. Se
hundió con las ruinas de su granja. Murió su última vaca. Y sólo por que
su cuerpo era robusto pasó algún tiempo antes de que lo encontraran
muerto frente a su puerta.
----------------------------------------