Literatura - Victoria - Parte 3

 3

      El campo alrededor de la granja de Joe Pulsa cambiaba gradualmente. Los lagos atraían a los veraneantes, y al comienzo del helado otoño los cazadores reemplazaban a los pescadores. Más de una casa a lo largo de la nueva y dura carretera colgaba el aviso de que se recibían huéspedes. De vez en cuando los forasteros se arriesgaban, a pesar del ladrido de los perros, y entraban en su patio para pedirle, mientras trabajaba en el granero, huevos o un vaso de leche caliente al pie de la vaca. Pero la granja no cambiaba. Un trabajador habría significado más ganancia, porque el mercado se agrandaba, pero la idea, después de lo de Toine, ni siquiera se le pasaba a Joe por la cabeza. Su vida era Matilda, y mientras ella estuviera feliz nada debía cambiarse. La penitencia era su razón de vivir y lo mantenía firme frente a su trabajo desde la aurora hasta la noche y cada día del año. Ninguna duda lo asaltaba: ¿Y si me enfermara? ¿Y si muriera? Estas preguntas estaban tan alejadas de su cerebro como la vista de los ojos de Matilda. Era un hombre rígido, sin caprichos, un hombre que tenia ideas y sentimientos más monótonos que las estaciones. Todo lo que le había pasado a Joe Pulsa había sido una violencia súbita e imprevista y de inmediato tan segura como una roca. Era como la tierra, que es siempre igual hasta que el temblor la rompe, y después, en su nueva forma, perdura hasta el próximo temblor.

      Durante una tarde de agosto, Joe se había dirigido a la nueva pensión, a cinco millas de distancia, con el abastecimiento semanal de huevos y verduras. Un joven entró en el patio y los perros lo acosaron. Pero sabia tratar a los perros; los acarició, y los perros lo olieron y dejaron de ladrar. Les dió algunos palmetazos en la cabeza mientras sus colas se agitaban, y escuchó el silencio. Oyó el golpe de un balde, las patas de los caballos en el granero y el susurro de los insectos en el sol ardiente. Luego, muy leve, su oído oyó una música humana.

      Parecía venir a través de la puerta de la casa, más allá de granero. y se dirigió hacia allí; la puerta estaba abierta. En el primer instante, sus ojos, habituados a la gran luz, no vieron nada; luego, en la penumbra de la habitación, que tenía las celosías bajas hacia el caluroso oeste y sur, vió el rostro de una muchacha que estaba frente a él. Vestida de gris y con los brazos y las piernas desnudas y sosteniendo una guitarra como si fuera un niño, tocaba una serie de acordes atonales mientras tarareaba una melodía que era como el sendero de una montaña de tupidos bosques. La muchacha no podía haber oído a los perros y parecía que tampoco lo veía a él, aunque estaban casi tocándose. La frente del joven se heló. El rostro era una máscara que brillaba, y la música, distinta a todo lo que había escuchado jamás, era íntima como un sueño. ¿Estaba en trance? La muchacha no lo veía porque era ciega. Trató de alejarse, pero estaba fascinado, de pie, tratando de contener la respiración; se sentía obligado a escuchar. La música avivaba su imaginación; si sólo pudiese seguir escuchando, la vergüenza de violar la intimidad de una muchacha ciega sería dominada. Pero sus ojos veían mientras escuchaba, y la ignorancia de ella de su presencia parecía desvestirla y dejarla desnuda. La canción se esfumó (notas bajas en Re menor que disminuían en novena más alta); las manos que pulsaban las cuerdas de la guitarra se detuvieron en una pausa casi imperceptible. El silencio que siguió le reveló su presencia.
 
      Por fin, muy tranquilamente dijo:

-¿Quién está ahí?
-Perdóneme. Pasaba por aquí y deseaba un vaso de agua. Traté de irme.

     Ella colocó la guitarra en el suelo, a su lado, y levantando una mano delicada como una antena, se dirigió hacia la cocina. Oyó el ruido de la bomba de agua. Volvió con un vaso lleno hasta medio centímetro del borde, encontró su silla y se sentó. Cuando él se acercó hasta casi tocarla, la mano que sostenía el vaso se dirigió directamente a él.

-Debiera haberle preguntado si prefería leche.
-Esta es la mejor agua que he probado.

      Ella no se sonrió.

-Sé que el agua es buena.
-Y su música, ¿sabe cuán buena es?

     Esto la preocupó.

-Usted es un hombre joven.
-¿Puedo presentarme? Me llamo Ephrem, David Ephrem. He arrendado una casita cerca de Bellevue Lodge.

-¡Ah, ya sé! -De pronto se convirtió en una niña cuya felicidad es despertada por cualquier cosa. El lugar que les pertenece a los Barnes. La señora Barnes es muy mala cocinera.
-Podría engordar con su comida, principalmente papas y fritos de maíz..., si pudiera comerla.
-¿No le gusta ese tipo de comida?
-Algo sé de cocina. Hasta podría hacer cosas buenas con papas y maíz,

     Nuevamente su rostro se puso serio.

-Los hombres nunca han sabido cocinar, a menos que estén pescando o cazando.
-Así soy yo, señorita. Eternamente cazo y pesco.
-Usted no es un cazador.
-En cierta manera, sí. Soy compositor, como usted.
-Ella no conocía la palabra. Hago música, como usted. Para poder vivir, igual que usted. A mi tampoco me pagan, lo hago por mí mismo. Esto fué demasiado para ella. No quiero decir que mi música sea tan buena como la suya. La suya es bellísima, ¿lo sabía?
 
 -Papá cree que es bonita sonrió nuevamente, pero su rostro reflejaba desagrado.
-¿Bonita? ¡Horror! Es devastadora. Perdón! No debiera hablar de ella con tanto desparpajo. Es usted misma.

       Se le había pasado la preocupación.
-Cuando no habla lo veo mejor.
-¿Puedo sentarme?
-Si.

     Acercó una silla, que colocó hacia un lado, como para rehuir su mirada.
-Pero tengo que hablar. Tengo que hablar de usted o de mí. ¿Existe alguna otra cosa?

     Ella sintió su seguridad: un joven con pelo obscuro..., no muy alto y no moreno como Toine, ni tampoco como su padre, cuya tez morena era latente. Este joven estaba lleno de vibraciones que lo hacían luminoso. Cuando Joe Pulsa entró en la habitación, ella estaba tocando y canturreando nuevamente.
 
     Al día siguiente, David Ephrem encontró a Joe en el granero, haciendo fardos.

-¡Qué tal!-gritó Joe. No oí ladrar a los perros. ¿Quiere trabajar? -Obligó al joven a ayudarlo durante dos horas. Ahora vaya a la casa, refrésquese y dígale a Matilda que le dé un buen vaso de leche fresca.

     Ephrem venía todos los días y escribió la música de Matilda lo mejor que pudo (había cuartos de tono), se llevó la partitura a su casita para tocarla en el piano y la estudió y la admiró. Ahora estaba absolutamente seguro: el hechizo no era el del cuerpo de la muchacha. La música era buena.

     Pronto se pasaba el día entero en la granja. Aunque era pequeño y fino, era fuerte y pudo ayudarle muy efectivamente a Joe, cuya rápida y sencilla violencia lo acepto desde el primer instante. Un día, mientras arreglaba unos arneses y Joe estaba en el desván, la distancia le dió valentía y preguntó la causa de la ceguera de Matilda.

     Joe bajó y se sentó al lado de David. Temblaba; en todos estos años nunca había tocado el tema de la ceguera de la muchacha. Le habló de Toine..., del aborto, de la enfermedad, pero de la razón por la cual Toine había venido a la granja, no podía hablar. Mientras hablaba apretaba los puños, que se le pusieron tan duros como las pezuñas de los caballos; sabía que sin su crimen, que produjo la venida de Toine, todo era mentira. Necesitaba decir la verdad, pero no a David. Esto era parte del castigo: la verdad nunca podría ser dicha.

     David mantuvo su mano por largo rato sobre el brazo de Joe y luego se fué a juntar con Matilda. Al día siguiente, por primera vez, no volvió a la granja. Al día subsiguiente, Joe detuvo su viejo camión frente a la puerta del Lodge y preguntó por él. El señor Ephrem se había ido, había partido para la ciudad.

    A Matilda no le preocupó..., ¿pero cuándo se había preocupado de algo? Después de la comida, Joe salió de la casa y subió la colina. Levantó los puños y el rostro, pestañeando mientras murmuraba, como si a través de un mejor enfoque sus ojos pudieran ver a Dios.

-Soy un mal hombre -rezó-. Soy un mal hombre. Matilda es buena. ., una buena muchacha. Haced al joven bueno..., bueno para Matilda.

    Matilda no sólo no se preocupaba, sino que estaba más feliz y más atareada que nunca. No trabajaba tanto en la casa, sino que le dedicaba mayor tiempo a su música. Trató de aprender a repetir una idea musical; estudiaba sus propios acordes como para poder repetirlos. Joe sabía que esto era a causa de David. Matilda nunca había amado a Toine; había sido la tierra bajo su arado de hierro, y él había plantado la espina que rompería su carne y destruiría sus ojos. Joe sabía que ambos amaban a David. "Matilda me dejaría, no le importaría. No está pensando en mi. Se iría..." Pero pasaron diez días y David no volvió. Pasaron dos semanas. Era a fines de septiembre.

     Joe estaba en el granero, eligiendo manzanas y colocándolas en canastos. Los perros saludaban con su mayor cariño, y ahí, enmarcado en la puerta brillante de luz, estaba David, con traje de ciudad y un sombrero negro de paño.

Joe dijo:
-Matilda ya debe de saber que está aquí. Vaya rápidamente a verla.

David colgó su sombrero en uno de los palos para arneses:
-Quiero hablar con usted antes.

Joe apretó los puños; esto ayudaba a contener el temblor de su cuerpo.
-Me fuí para pensar las cosas con tranquilidad. David se sentó sobre una de las canastas-, Desde hace mucho tiempo sé que quiero a Matilda. Sabía que quería casarme con ella. Lo que tenía que pensar era: ¿puedo hacerlo?, ¿sería cuerdo sacarla de aquí?

El silencio de Joe temblaba y de pronto se escapó en palabras sonoras:
-¡Qué tenía que pensar! ¡Cásense, por cierto!
-Esa- sonrió David- es la conclusión a la cual he llegado.

Joe agitó las manos.
-Afuera. Vaya a ver a Matilda.
David no se movió.
 
 
      -Quiero explicarle para que no se preocupe demasiado. Escribo música, como usted sabe, que no vale un centavo. Pero tengo un poco de dinero y en un lugar cerca de San Francisco, una casita encantadora con vista al mar. Cuando necesito dinero contante, lo que ocurre aproximadamente una vez al año, voy a Hollywood y junto algunos sonidos triviales para una película. A eso lo llaman música...; bueno, lo era una vez, pero los dólares que me dan son modernísimos. Lo que quiero decir, Joe, es que Matilda no se morirá de hambre. Además, sé que puedo ayudarla con su música. Algún día, si no me equivoco, el mundo entero le rendirá homenaje. No es eso lo que me preocupa. San Francisco está muy lejos. ¿Quién puede saber cuándo volverá a verla?

-¿Padre, y qué te pasará a ti?
Se dieron vuelta y la vieron destacarse contra la luz. Joe dió algunos pasos hacia la izquierda y luego hacia la derecha, con las manos empuñadas una vez más; su rostro estaba encendido. Entonces se quedó inmóvil y se enfrentó a Matilda.

-¿Qué me pasará a mí? -gritó-, ¡Por fin estaré tranquilo! Por primera vez descansaré, eso es lo que me pasará a mí. ¿Te gusta, David? No te preocupes del viejo Joe Pulsa. ¿Crees que ha sido fácil para el viejo cui-darte siempre? Te equivocas. David, es una mujer que da mucho trabajo. Yo soy fuerte. Tengo mucho aguante, pero ella me cansa. Más vale que lo sepa antes de que se case con ella. Pero es una buena muchacha... para un joven. Es muy posible que trabaje mejor para un joven que para un viejo que ni siquiera es su verdadero padre.

    David, profundamente sorprendido, miró a Matilda. Ella sonreía serenamente y casi rompió a reír.
-Padre -exclamó-; no sé qué es lo que te va a pasar, pero no es necesario provocar esta escena tan tonta.  Claro que me iré. David, no creas una sola palabra de todo lo que ha dicho. Pero me iré. Dentro de una semana se casaron y se fueron.
 
*         *        * 
     
       Durante los primeros meses no hubo ningún cambio en la vida de duro trabajo de Joe en la granja. Llegaban las cartas de David desde San Francisco y todas contaban el mismo cuento: Matilda estaba feliz, Matilda hacía grandes progresos con su música. Luego comenzó el cambio imperceptible. Joe comenzó a abandonar la tierra, la casa y los animales. El polvo se acumuló en la cocina y comía sólo lo que encontraba a mano. Se acostaba a dormir en una cama no ventilada ni arreglada. Nunca volvió a entrar en la pieza de Matilda. Las cartas eran menos frecuentes a medida que contaban cosas más maravillosas. Matilda iba a dar un concierto. Un largo silencio: luego, Matilda había dado el concierto, que había sido un gran éxito. Conjuntamente con el cariño de Matilda incluía recortes de los diarios. Joe apenas podía comprender lo que decían, pero ahí estaba su retrato, ¡su retrato en los diarios! Matilda con su guitarra entre sus brazos desnudos y un vestido vaporoso y brillante: lo único que necesitaba para ser un ángel eran las alas. ¡Y los ángeles son felices!

      Cuando Joe estuvo bien seguro de que ya no lo necesitaba más, su muerte se apresuró. Pronto cayó enfermo, pero no consultó a ningún médico. Se hundió con las ruinas de su granja. Murió su última vaca. Y sólo por que su cuerpo era robusto pasó algún tiempo antes de que lo encontraran muerto frente a su puerta.
 
----------------------------------------