Literatura - Historia Antigua - Parte 2

 Waldo Frank
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        Seis meses era bien poco tiempo. La multitud de sastres, modistas, obreros textiles y de ropa hecha, productores y vendedores de ropa de toda especie no tuvieron un solo día de ocio, porque de inmediato se les trasladó a las plantas generadoras de calor. No daban abasto; millares de expertos militares fueron llamados para poner en práctica la ciencia teórica de la calefacción global que durante años había dormido en los libros de estudio. Cuando volvió la primavera al hemisferio norte y las tierras al sur del Ecuador se enfriaban debido al retroceso del sol, el mundo estaba listo: se calentó la tierra, con excepción de los lugares calientes donde una modulación del proceso atómico temperó al sol. En el día fijado (ésta no era una ley fácil de burlar), hombres, mujeres y niños realizaron sus trabajos y placeres, sus crímenes y sus pecados tan desnudos como en el instante de nacer. El holocausto al sexo predicado por los puritanos estaba conspicuamente ausente. Aquellos que tenían cuerpos bellos los lucían bajo esta lay como antaño habían lucido sus mejores trajes. Las rodillas angulares, los estómagos protuberantes y los senos caídos eran tan comunes que la compasión se convirtió en un espejo en el que todos los ojos, al ver a los demás, se veían a sí mismos. Sin la máscara del vestuario, la gente se puso más humilde y más modesta. Todos eran más limpios. Algunas ocupaciones de inmediato se hicieron difíciles. Los hombres que cargaban armas o marchaban en filas compactas por cualquiera razón descubrieron que se reían de ellos; parece que había algo de absurdo en un militar desnudo y millares huían continuamente, mientras los oficiales sin insignias en sus hombros se unían a ellos en gran número. Los sacerdotes y los pastores descubrieron que era difícil predicar, pero las iglesias y los templos estaban más repletos que nunca, y a todas horas, de hombres y mujeres arrodillados en las sombras calefaccionadas. Sentían su desnudez frente a la desnudez de los demás y les aliviaba orar sin la intervención del clero. El metropolitano de Nueva York quebró por falta de patrocinio (las horas de aglomeración y los cuerpos prístinos no coincidían bien) y la consecuencia fué que millares de firmas de la parte baja de la ciudad cerraron sus puertas sin visible perjuicio para el país.

      La mayoría de los profesores, de la escuela elemental a los universitarios, ganapanes o pedantes, comenzaron a desaparecer como si la plaga hubiese atacado a la tribu. Aquellos que quedaron, verdaderos enamorados de los niños o (lo que es más raro todavía) de la sabiduría, enseñaban a clases atiborradas de seres que buscaban la verdad. El plan de estudios regular se hizo imposible, la información y su importancia se restringieron; los profesores jugaban con los niños pequeños, y el juego se convirtió en algo menos violento, más fácil de modular hacia la danza y la musica. Entre los alumnos mayores y los estudiantes universitarios, el cuerpo desnudo pareció plantear problemas no tanto de técnica como de vida, y los profesores se convirtieron en investigadores y maestros.

      Los historiadores podrían calificar a estos primeros años de "luna de miel de la nueva ley. Pronto, del conglomerado de variaciones surgieron rumbos específicos y generales. Por ejemplo, variaron violentamente las relaciones sexuales: el sexo se convirtió para algunos en algo más despiadado y craso; para otros, en más sentimental e idealista; luego el término medio se niveló una vez más hasta llegar a ser aproximadamente lo que había sido antes. La policía, sin uniforme, se diluyó: el policía término medio se sentía tímido, inseguro e indistinguible del hombre de los bajos fondos; los diarios temían una "ola criminal". Pronto pudo establecerse, a través de las estadísticas, que el grupo espontáneo de ciudadanos que se las entendía con los delincuentes, ya sea porque se encontraba inmiscuido en un asunto personal o localmente, era tan eficiente (e igualmente chapucero) como las fuerzas regulares de antaño. Sin policías en las esquinas abarrotadas, el tránsito tenía que solucionar a solas sus problemas, porque no quedaba otro remedio. Los chóferes se pusieron más cuidadosos; la locomoción, ahora que no había nadie que les evitara correr o manos policiales que los detuvieran, era más rápida. La disolución de las fuerzas armadas tuvo apreciables resultados sobre la situación política.

      La legislatura decayó, porque los grupos interesados arreglaban sus diferencias y llegaban a soluciones al margen de la ley. Los diplomáticos (sin fuerzas que los apoyaran) complotaban menos. Los estadistas se convirtieron en una modesta asociación de plomeros. La oratoria declinó. Pero, aunque parezca extraño, el orador nudista que tranquilamente abogaba por la supresión de la mayoría de las leyes parecía mucho más persuasivo que el rotundo y flacucho abogado de los programas de tipo pontificia. Había mucha crítica social, pero se aniquiló la importancia de las leyes. Un debate típico fué aquel sobre el sistema de calefacción, al que afectaban los vientos. Algunas regiones sudaban mientras otras se congelaban. El resultado final fué el ahorro de vastos trabajos continentales, a pesar de su economía, y el establecimiento de calefacción regional, que podía ser regulada termostáticamente conforme a las necesidades locales. Esto indignó a los técnicos y a los economistas, que veían mega megatones atómicos y fuerza solar perdida, además de millares de brazos sin ocupación. Pero el pueblo prefirió el gasto al demasiado calor o frío. La producción ya no era un valor absoluto. Los libros sobre temas pesados se convirtieron en sospechosos; el sistema de discursos públicos y los pensamientos y objetivo que proveían se clasificaron junto a esos dulces que se sacan de las máquinas automáticas, y los cínicos gritaban que lo que el pueblo necesitaba eran mejores palabras cruzadas.

      Las hipocresías nacionales, sin tambores para disfrazarlas, se hicieron audibles y vergonzantes, y toda afectación individual se diluyó también. Un escritor de moda escribía: "Somos animales racionales. Seamos razonablemente bestiales". Todas las artes del cosmético, desde los salones de belleza hasta la teología, se transformaron en métodos comerciales para enderezar piernas, reafirmar senos o (lo más necesario de todo) crear un sentimiento lógico en los niños. La desnudez, se dijo, simplificaba la vida. Los buenos cuerpos no podían falsificarse, y gran parte de las energías de la edad del vestuario se habían dirigido a la falsificación. Una decisión famosa del Tribunal Federal Supremo aprobó el uso de anillos, collares y la pintura del cuerpo, ítem que no habían sido prohibidos por la ley contra el vestuario, pero la moda, importantísima en un comienzo, pronto decayó. Las joyas, como luego se dieron cuenta las mujeres, demandaban un fon-do de vestuario, y los labios y mejillas pintadas eran máscaras sólo para los rostros cuyos cuerpos no las desenmascaraban, y los senos y caderas pintadas sólo acentuaban su fragilidad o su desproporción y en nada acrecentaban su belleza.

     La escasez de hipocresía indujo a la decadencia de los valores a que aspiraba. Los hombres y mujeres que no podían pretender tener una belleza que no poseían descubrieron que era menos urgente asumir una virtud de la que carecían. Pronto ni siquiera la desearon. Si no eran buenos animales, por lo menos (escasamente) eran animales, y eso bastaba. Con la muerte de la ruidosa parada nacional sobre una virtud nacional, decayó la aspiración a las virtudes públicas; con la revelación de los cuerpos, las virtudes privadas, paradojalmente, parecieron menos importantes. A pesar de defectos menores, el sistema de calefacción regional funcionó y nadie se heló; las granjas científicas florecieron y nadie murió de hambre. Con la decadencia de las instituciones militares, inmensos recursos fueron aplicados a la formación de la juventud y a la protección de los ancianos. Los niños crecieron derechos y se mantuvieron así. "No sólo somos animales racionales, sino que bellas bestias", rezaba el refrán corregido por un autor famoso. "La Tierra es el Paraíso Terrenal." Cuando otras dos naciones de la Federación Mundial abolieron el uso del vestuario, todo peligro de guerra pareció desaparecer para siempre. La histeria de la guerra y de los temores que llevan a la guerra parecieron tan distantes como aquellos días en que los hombres amarraban una vela al palo mayor para poder cruzar los mares.
      Paro también se convirtió en remota la adoración a la máquina y a la producción mecánica. Las palabras Socialismo y Capitalismo habían perdido su valor desde hacía mucho tiempo. Mientras el mundo luchaba furiosamente por estos "sistemas rivales", ambos desaparecieron y surgió una nueva fórmula que no era ni una ni otra cosa. Juzgando con un sentido retrospectivo, los hombres supieron que tanto el Capitalismo como el Socialismo eran ideas que endiosaban la Producción, ambas subyugando al hombre a la máquina en favor de la producción y que en el fondo eran hermanos bajo la piel. El producto manufacturado era ahora una "impedimenta" necesaria pero sin un valor intrínseco. La mayoría de los productos realizados por la máquina, se descubrió, no acomodaban al cuerpo desnudo. El cuerpo legislativo era una variación del regimiento. Todas las instituciones producidas por la máquina -los hospitales asépticos, los grandes hoteles, los cines, los edificios de departamentos, etc-. eran variaciones del cuartel. Los hombres no volvieron a cruzar los océanos a la vela, pero paseaban en barcos a vela. Más obsoleta que las velas era el "alma", una entidad hipotética descartada por una adecuada sabiduría, como el "flogistón", la "substancia inflamable" de la química, que fué descartada cuando se supo que el oxígeno era la causa del fuego. El "alma" había sido la principal fuente del dolor, el temor y la inquietud, la generadora de la ilusión de que el hombre vivía sobre un abismo infinito del cual la contrailusión de "dios" podía salvarlo. El cuerpo desnudo del hombre, esa caña pensante, floreció ahora tibia y segura, sin ilusiones, y el más serio de los problemas insolubles era la superproducción infantil, cada uno de los cuales (descartando los accidentes) viviría cien años, según las estadísticas.

      Los adultos amaban más que antes a los niños, las "perfectas bestiecillas", y los deseaban en gran número. Como el promedio de la vida aumentó, la niñez se convirtió en un lapso proporcionalmente más corto e inspiró un nuevo romanticismo. Lo romántico se había teñido de nociones arcaicas: servidumbre, sacrificio, muerte en la batalla, insanidad sexual; todos parientes del "alma". Pero ahora que la niñez comprendía menos de un diez por ciento de la vida de la mayoría de los hombres, el niño se convirtió en la ley de los valores: su voracidad pura, su desobediencia, su autoadoración, sus apetitos y, por sobre todo, su egomanía transformaron al mundo en meras funciones de sus caprichos. El culto por la infancia tomó tales proporciones que un niño de dos años se convirtió en un candidato popular a la presidencia de la Federación. Los deberes del gobierno central se habían reducido a rutina, al punto que las Secretarías podían fácilmente realizar el trabajo; ¿por qué no elegir para la Jefatura Suprema a un verdadero ejemplar de los ideales del pueblo?

      Por cierto que existía el crimen, sin el cual los hombres dejarían de ser humanos. Pero el punto de vista popular con respecto a él cambió. El asesinato era un recurso extremo de la natural agresividad del niño, y como tal se le consideraba, pero con un placentero desagrado, puesto que en algo contribuía a la eliminación de la población y era una especie de ayuda a la comunidad. No obstante, era poco común, porque hacía falta el motivo; ni siquiera existía el de conmover a la población. La representación teatral con trajes era, por cierto, un crimen; leer la antigua literatura era sólo considerado un pecado que no tenía castigo, sino que desaprobación. Las ediciones de las obras de poetas, como Shakespeare, en las que cuerpos suntuosamente ataviados pronunciaban palabras suntuosamente elaboradas, obtenían precios fabulosos en los mercados clandestinos, conjuntamente con otras drogas. Las galerías de arte y los museos fueron, por cierto, purificados de toda figura obscenamente vestida. Este proceso racional, entre paréntesis, arruinó a J. V. Bonabath.

      Con absoluta falta de lógica defendía a sus maestros italianos, aunque éstos vestían a sus Santos, Cristos, Reinas y Vírgenes. Los cristianos, argüía, hasta en su hora de corrupción sancionaban el desnudo en las esculturas y las pinturas; ¿por qué no habíamos nosotros de perdonar a los grandes maestros el hecho de que colocaran aureolas sobre las cabezas y vestidos sobre los miembros del cuerpo? Los juristas le rebatían, los moralistas lo atacaban, pero el gran profeta Bonabath había sobrevivido a su utilidad. Cuando Assis proscribió los frescos de Cimabue y Giotto, voló a protestar. Los virtuosos ciudadanos lo lanzaron desde las murallas de la ciudad hacia la muerte en el valle entre los olivos y los viñedos. Pero los italianos (quizá porque a través de tantos siglos habían hecho historia) eran un pueblo conservador y se sintieron desagradados frente a la justificada muerte de J. V. Bonabath y buscaron el modo de honrarlo. Limpiaron la Capilla Sixtina, impura con las figuras ataviadas de Botticelli, Perugino, Pinturrichio y Ghirlandaio, y colgaron en su lugar reproducciones de las escenas nudistas de Bonabath, de hombres y mujeres en un bar, en el juego de pelota, en el hogar frente a la televisión y en el garage para automóviles. El hombre Bonabath pronto fué olvidado en su país natal. Pero su nombre siguió siendo una gloria del lenguaje. El diccionario definía a un bonabath como un purgante, una purificación, una lustración y en segundo término como una expiación, un aperitivo y un catártico.
 
    Dentro de un lapso sorprendentemente corto, las normas del cuerpo humano cambiaron. El vestuario había sido la insignia del valer individual, el que ahora debia de desplegar el cuerpo. Los hombres de fortuna y apetitos desordenados desplegaban orgullosamente sus inmensos estómagos; los estetas puristas revelaban sus esqueléticas nalgas con desenfado; las muchachas atletas mostraban a los muchachos sus pequeños senos y sus piernas largas; las madres de grandes familias se enorgullecían de sus senos caídos a fuerza de tanto amamantar. Los efectos físicos de ciertos rasgos eran considerados bellos, y los hombres buscaban en la mujer aquello que les aseguraría una mayor satisfacción y no la armonía de aquellas normas de antaño, ahora remotas e inútiles. Las mujeres siempre habían avaluado a los hombres, quizá si inconscientemente, con sus promesas, y esto las convirtió pronto en guías de la selección sexual. Como sabían con más exactitud lo que deseaban, obligaban al hombre a demostrarlo. Pero todo marchó demasiado bien. Como las fuertes ijadas masculinas y los altos senos femeninos se convirtieron en demasiado comunes, nació entre las mujeres sofisticadas el gusto por los hombres débiles y hasta lisiados, a quienes podían regalonear, y entre los hombres cultos, por las mujeres diminutas, a las que podían domi-nar. Como los métodos de satisfacción fueron demasiado manifiestos, vino la saciedad, y la saciedad alimentó el asco.

     En un principio esto fué más bien un reflejo positivo que un enfriamiento de la temperatura emocional... una bella ceniza sobre carbones todavía ardientes. Con el dolor puro, la felicidad, que es su madre y su hijo, disminuyó. La pasión amenguó, como el hambre en un estado de continua saciedad. Sólo el hijo adorado conoció la felicidad, la tristeza, la pasión y el prodigio. Pero el mundo infantil es el de la voluntad parabólica; recargadla de indulgencia y decae, su tensión se rompe y se convierte en capricho. Es por eso que el culto del niño acalló en ellos aquello por lo que se les adoraba. Por fin, la actividad cultural máxima fué, no la crítica o la sublevación (ambas suscitan metas), sino la desesperación del aburrimiento. Los artistas rivalizaban por expresarlo, como en un principio habían pintado el amor. Un comediante, que se llamaba a sí mismo Jockstrap (un objeto prohibido), se convirtió en la locura del vaudeville en televisión. Su acto era el siguiente: Llega al medio del escenario y canta una canción que detalla las bendiciones de la época, con el refrán: el Hombre es una bestia feliz, y todo ello con una cara malhumorada y dura. Devora un bistec, se bebe un vaso de vino, siempre con la misma cara malhumorada, mientras repite: el Hombre es una bestia feliz. Aparece un bello ejemplar de muchacha y él la enamora con la misma cara y el mismo refrán: el Hombre es una bestia feliz. La muchacha desea que se le conceda mayor atención, la empuja fuera del escenario y comienza a masturbarse con la misma cara malhumorada y el refrán: el Hombre es una bestia feliz. Aburrido de esto y de todo, se acuesta en un lujoso diván, ajusta el termostato, vuelve un rostro más agrio y fiero hacia el público, gruñe: el Hombre es una bestia feliz, y el refrán se convierte en ronquido al quedarse dormido.

      Toda la humanidad respondió a su estado de ánimo: se aburría de su paz y la despreciaba, de su éxito que despreciaba, de sus cuerpos limpios que despreciaba. Las multitudes que se codeaban en las calles se percataron de una presencia intolerable: los cuerpos de los hombres, los cuerpos de las mujeres. Los lugares de reunión pronto estuvieron vacíos; no acudían a los restaurantes por muy deliciosa que fuera la comida, y dejaron de ir a los teatros o a las reuniones politicas. Surgió una gran demanda por apartamientos con habitaciones individuales, pero aún ahí, aunque comían y dormían solos, cada hombre y cada mujer tenía un cuerpo de más. A pesar del persistente amor por los niños, declinó la natalidad. Sólo el secreto es creador, el cuerpo ya no tenía secretos.

      Una de las Federaciones Mundiales (que antaño comprendía a la India, China, Japón y Australia) cometió un crimen sin precedente: con una flota de aviones atómicos invadió California y la anexó. La Federación Panamericana se restregó los ojos: el Presidente, un jovenzuelo retardado mental procedente de Panamá, a quien se le había positivamente cortejado para que aceptara el cargo, ordenó a sus subalternos preparar un arrebatador discurso de protesta (plagiado de los polvorientos documentos de F. D. Roosevelt); el discurso fué lanzado al mundo y no tuvo ningún éxito. ¿Qué significaba esta extraña perversión de los hermanos asiáticos? Sea como fuere, era imposible enfurecerse con una enfermedad. ¿Qué iban a hacer con California ahora que la tenían? Un año más tarde, los invasores defraudaron a los curiosos al volver a sus propias costas. Un psiquiatra de Bombay dió la excusa formal al calificar el acto de: impulso evasivo de una psicosis delirante del aburrimiento universal. La gente se rió (lo que no dejaba de ser extraño y agradable). Se hicieron chistes sobre los asiáticos, que pensaban que podrían encontrar un nouveau frisson en Hollywood, y la "psicosis de invasión" se convirtió en locura. Grupos de muchachas y muchachos se dejaban caer de pronto sobre hogares a centenares de millas de distancia, colocando sus aviones ruidosamente sobre techos extraños y se quedaban ahí contemplando a los invadidos. Pero los cuerpos eran todos iguales. La moda decayó.

     Poco a poco surgió una nueva dolencia, como las antiguas enfermedades antes de la medicina preventiva. Los hombres comenzaron a odiar su propia carne: sacaban dientes sin anestesia local, se rompían el pecho con cuchillos, y la castración, o el desangrarse a muerte eran cosas frecuentes. Este tipo de ennui patológico era menos frecuente entre las mujeres, que tienen muy arraigado el amor al cuerpo. Pero buscaban extranjeros como padres de sus hijos: una variación de la misma enfermedad. Muchachas jovencitas enamoraban a nonagenarios al borde de la tumba; las intelectuales seducían a los imbéciles de los asilos o se fugaban en gran número al centro de África para ofrecer sus bellos senos blancos a pigmeos criminales que vivían en la jungla y llevaban taparrabos. Por cierto que no había leyes contra este tipo de capricho. Después de todo, ¿qué importaba? Había tantísimos hombres afeminados y las mujeres preñadas concebían normalmente. Si la población del mundo disminuía, los problemas de alimentación y habitación se aliviaban. Esto no dejaba de tener sus ventajas, porque comenzaba a ser difícil el reclutamiento forzado de expertos para calentar la Tierra y mantenerla confortable. Pero no existían técnicos para curar esta progresiva enfermedad del odio al cuerpo y a su lugar de residencia, la Tierra.
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