Autor Waldo Frank
Historia Antigua
J. V. Bonabath se ganaba la vida como linotipista y vivía pintando
cuadros en su buhardilla en el distrito de los depósitos de la ciudad.
La habitación tenía una estufa de fierro para cocinar y calentarse, un
catre de fierro, un caballete de pintor y paredes a través de las cuales
se filtraba el viento, cubiertas de telas sin marcos. Nadie las veía,
Bonabath no tenía ni amigos ni parientes, y la mujer de allá abajo, a
quien le pagaba el alquiler, lo sabía un tipo decente y puntual. Nunca
tuvo la oportunidad de visitar su triste morada. El sueldo de Bonabath
bastaba para comprar pinturas, pinceles (sólo los mejores), de vez en
cuando un libro de arte y hacer su semanal depósito a la Caja de
Ahorros. Los libros eran reproducciones en color de los maestros
italianos, y cuando las manos y los ojos de Bonabath se cansaban de
pintar, se sentaba con un volumen entre las rodillas y estudiaba un solo
cuadro de Giotto, Perugino, Duccio, Fra Angélico o Botticelli. Esta
vida había transcurrido durante años (había cumplido los cuarenta),
hasta que un día pagó su alquiler y le avisó a la mujer su partida.
Enrolló sus telas y las arregló en una maleta, sacó sus ahorros y compró un traje negro nuevo y un maletin. En seguida tomó un tren matinal para Nueva York.
El
señor León Lafleurie se encontraba en su oficina detrás de su galería
de arte de la Quinta Avenida y daba vueltas una tarjeta de visita entre
sus dedos, una tarjeta impresa, no grabada:
J. V. BONABΑΤΗ
Artista-Pintor
ILLURIA, OHIO
La
galería del señor Lafleurie se dedicaba exclusivamente a exhibir obras
de los pintores ultramodernos, frente a los cuales Braque, Picasso,
Gris y Lipschitz eran maestros antiquísimos, pero su oficina privada se
asemejaba al tesoro de una iglesia gótica. Su escritorio, una mesa
esculpida del siglo XVI, era el objeto más moderno; las luces estaban
dentro de incensarios, los ceniceros eran turíbulos, los libros de
contabilidad (muy comerciales) estaban empastados en pergaminos
iluminados, con cierres de bronce, y las paredes estaban cubiertas con
fragmentos de gobelinos de Arrás. La tarjeta intrigó al señor
Lefleurie, que siempre se dejaba llevar por sus impulsos. Nacido en el
ghetto rumano, había seguido a su amigo Tristán Tzara a París, y desde
París siguió la veta del oro a Nueva York. Pidió a su secretario que
hiciera pasar al caballero y se levantó cortésmente de su silla, botín
de un palacio episcopal de Provenza, para darle la bienvenida a un alto,
enjuto y canoso señor, cuadrado y duro como la madera, y cuyos ojos
hicieron pensar al señor Lafleurie (conocía bien el folklore
norteamericano) en Carie Nation.
"Dieu! -exclamó para sí: este tipo más bien parece un
hombre hecho para romper cuadros y no para pintarlos." J. V. Bonabath
no dijo nada. Bajo el brazo llevaba un pequeño rollo de telas; lo
levantó como si fuera un arma y lo desenrolló.
Los
sensitivos labios del señor Lafleurie registraron sucesivamente desdén,
incredulidad, diversión y reflexión; entre la frialdad y el entusiasmo,
sus ojos oscilaban rápidamente desde los cuadros hasta el austero
rostro sobre ellos. Sólo cuando su boca hubo logrado concretar el
pensamiento en resolución, la abrió por fin:
-Por favor, ¿cuántos cuadros ha pintado?
-Tengo conmigo cuarenta, aquellos que considero buenos.
-¿Y todos, ¡hum!, la figura humana en todos?.
-Por cierto.
-¿Podría saberse por qué ese "por cierto"?
-Mis
maestros son los grandes pintores italianos -dijo Bonabath-; ni Rafael
ni los venecianos, sino los verdaderos. En su época carnal, revelaron el
alma. En nuestro tiempo, que es de almas... mecanizadas, regimentadas,
pero de almas, no obstante..., yo revelo los cuerpos.
El
señor Lafleurie era un comerciante inteligente. Hasta el día del
vernissage, nadie más que sus dos secretarios de confianza (dos
jóvenes) pudieron echarles una mirada a los cuadros de J. V. Bonabath.
Eliminaron seis retratos que habrían sido objeto de una causa criminal
por difamación de parte de los buenos ciudadanos de Illuria, Ohio;
seleccionaron los marcos, y el domingo anterior a la inauguración,
detrás de puertas con llave, colgaron los cuadros. Contrariamente a la
costumbre de esta sala, el catálogo de esta exposición no tenía
reproducciones. Sólo decía:
34 TELAS DE LA VIDA AMERICANA
por
J. V. Bonabath, Illuria, Ohio
y los títulos, entre ellos:
Desayuno familiar Servicio religioso
Juego de pelota Taberna
Parada militar Discurso político
Funeral Noche hogareña
Baile de caridad Tribunal
Asamblea Reunión de directorio
Banco Banco en el parque
Estación de ferrocarril Jugadores de bridge
Por
primera vez en décadas, los críticos de arte pasaron a la primera
página de sus rotativos. El efecto producido por treinta y cuatro óleos
de escenas familiares magníficamente compuestos, en los que los
ciudadanos -hombres, mujeres y niños- aparecían desnudos, causó una
sensación que escandalizó y acaloró a la ciudad: a aquellos que pudieron
pasar el cordón de policía que el señor Lafleurie se vió obligado a
pedir. Los críticos confesaron que la técnica del señor Bonabath era
perfecta. Ninguna fotografía habría podido captar con mayor fidelidad a
los personajes y el ambiente de un bar, al grupo familiar frente a la
televisión, a un regimiento de soldados aclamados por la multitud. Los
cuerpos desnudos aparecían, por obra de gracia, como parte de la visión
del artista, como cosa natural e integral de la escena, logrando un
efecto de agonía y terror. Un grupo de soldados atacaba a otro grupo en
una colina con terroríficas armas, y alli estaban sus cuerpos vulnerables; un muchacho y
una muchacha estaban sentados en un banco: la chica, alerta y orgullosa;
el joven, agresivo y tímido, y allí estaba su carne, que decía la
verdad; una familia en el hogar escuchaba una linda canción en secreta
desnudez: el padre con su cigarro puro y su diario; la madre con su
tejido, la abuela cabeceando, perseguía un viejo sueño; obreros llenaban
la 'usina, su sangre y sus huesos desnudos montaban un auto reluciente
y lo manejaban a sesenta millas por hora. La mayoría de los
comentarios, escritos y de viva voz, eran airados: el señor Lafleurie
era un cínico; el artista era un embadurnador de trivialidades, Todos
conocían la debilidad de la carne frente al desesperado empuje de la
civilización por la decencia y el confort. Pero las disensiones no eran
tan profundas como para evitar la fascinación. La gente acudía a los
cuadros como a la fuente de sus propias vidas. La desnudez los
desnudaba; no obstante, la amaban y parecía que la añoraban. La
exposición permaneció abierta hasta el verano y cada uno de los cuadros
pasó a manos de coleccionistas privados por inmensas sumas. J. V.
Bonabath era famoso y rico.
El
señor Lafleurie no podía lograr que se comportase como debiera hacerlo
un gran hombre en un país donde la grandeza es real sólo en público.
No concedía entrevistas, no escribía artículos y se mofaba del devoto
socialismo del país que por derecho propio rige su dieta, sus opiniones,
sus hábitos íntimos y su cara. Vivía en el último piso de un inmenso
hotel de Brooklyn, donde se había inscrito bajo el nombre de señor Jay
Vee. Comía solo en su pieza. Deambulaba solo por las calles,
frecuentaba los bares dirigiéndose solamente a su vaso y al bar-man
cuando requería que se lo volviesen a llenar, y viajaba en los
ferrocarriles subterráneos abarrotados. Dos importantes diferencias se
introdujeron en su vida: ingería comidas pesadas y ricas que bajaba copiosamente con
vino, y no pintaba ningún cuadro. El señor Lafleurie, usando métodos
amables y persuasivos, trataba de conven-cerlo de que necesitaba nuevas
obras, pero era rechazado. El licor no lo emborrachaba, los banquetes ni
siquiera lo engordaban, su único traje todavía le quedaba bien. Llegó
el verano, llegó el otoño. El saldo bancario seguía siendo tan
cuantioso que ni siquiera tenía para qué saberlo...
La
dueña de casa en Illuria no se sorprendió cuando Bonabath llegó y pidió
su antigua pieza. Era famoso en París, sus cuadros se tasaban sobre
cien mil dólares, pero para ella seguía siendo el mismo de antes,
vestido con el mismo traje viejo..., que volvía, como todos los demás,
hasta que morían. En su pieza, le dijo, vivía el señor Mazzovich, que
producía extraños olores; era una especie de inventor químico. J. V.
Bonabath sacó de su bolsillo un puñado de billetes: ¿quizá, si se le
pagaba lo suficiente, el señor Mazzovich se iría? La dueña de casa dijo
que ensayaría; en su sótano contó los billetes: quinientos sesenta
dólares, y se fué a decirle al señor Mazzovich que sus experimentos eran
un peligro público, pero como no ignoraba que había hecho sus
instalaciones, ahí tenía veinte dólares para solucionarlo si desocupaba
mañana mismo. Bonabath se cambió e instaló su viejo caballete.
No
fué posible. ¿Tendría que volver a capturar el bendito pasado al punto
de recuperar su antiguo trabajo para poder pintar? Ahí estaba la
imprenta, pero Bonabath titubeó frente a la entrada. Muchos de los
hombres leían diarios y sabrían lo que había hecho. Su vuelta a Illuria
sería un fracaso. Bonabath deambuló por la ciudad el día entero, los
muchos tragos en los muchos bares no aliviaron su depresión, sino que
la profundizaron como un peso dentro de su pecho. Volvió a su pieza, encendió la
estufa y se extendió sobre su vieja cama, contemplando las polvorientas
vigas.
Había llegado la
hora de rezar, porque estaba sufriendo y nunca había sufrido. ¿A quién
debía rezarle? A sí mismo. No había comido durante todo el día; el
vapor de la voluminosa cantidad de licor que había bebido se diluyó por
sobre su cabeza como la niebla bajo el sol: caliente, remolineante,
antes de que el fuego se encendiera y lo disipara. Un sol de primavera.
El era un árbol, dura madera qué crece, bebiendo la niebla y el sol con
raíces que devoraban ansiosamente la tierra, y pronto volverían las
hojas...
No le sorprendió
que llamaran a su puerta. Se levantó y abrió e hizo una pequeña
reverencia con la cabeza, no obsequiosa, al mensajero de capa azul una
figura del mural de Arezzo, de Piero de la Francesca que sostenía su
tricornio entre las manos.
-Vengo -dijo el mensajero- de parte del Presidente de la Federación del Mundo Occidental. Traigo una carta para usted.
Bonabath, con un ademán amable, le indicó la única silla de la buhardilla, pero mientras leía, el mensajero se mantuvo de pie.
J. B. BONABATH
Illuria, Ohio
Ciudadano y miembro del Mundo Occidental:
Acabo
de firmar y decretar la ley F. A. 777.777 aboliendo el uso de ropas
para todos los ciudadanos bajo pena de ofensa criminal para los que no
la acaten, penas que la misma dicha ley estipula. Esta ley se hará
efectiva dentro de una fecha no mayor de seis meses, cuando las energías nuclear y solar entren en su apogeo en las
Naciones Federales, las que hasta la fecha se han dedicado a la
manufactura de instrumentos mortales y que ahora se dedicarán a una
adecuada calefacción de la tierra, sus ciudades y ciudadanos, a fin de
proteger sus cuerpos liberados de las temperaturas inclementes.
Por esta ley estoy facultado para nombrarlo...
La
carta era larga y tan repleta de esa jerigonza oficial que Bonabath
lanzó dentro de la estufa-cocina: se le nombraba Inspector General y sus
deberes consistían en viajar y supervigilar la desnudez del pueblo...
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