Literatura - Victoria - Parte 2

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     Joe, que siempre se levantaba el primero, se alejó un poco de la casa para ver el alba. Había un rocío intenso, la niebla marginaba la tierra, los pájaros alborotaban en los árboles y subía el olor del calor antes de que el sol apareciera sobre las montañas. Sería un caluroso día de julio, espléndido para cosechar el heno. Y con la ayuda de Toine el trabajo se haría con rapidez. Joe volvió a la casa y llamó:

-¡Matilda! ¡Toine! -Quería tomar desayuno.

      Ella salió de su pieza, ya vestida, y con la luz de la vela iluminando su rostro, y, por primera vez, Joe vió que tenía un aire cansado: la firmeza juvenil de su cuerpo ya no era como antes. Joe se dirigió hacia la pieza de Toine. La habitación estaba vacía. De Toine, el fusil y el atado de ropa no había señas, y su cama estaba intacta. Matilda había colocado una lámpara sobre la mesa y se afanaba frente a la cocina. Joe se sentó: ¡si Toine había hecho esto! Sólo ayer le había adelantado un mes de sueldo. Le estaba agradecido a Toine porque lo había salvado de las noches traicioneras, porque le había devuelto su control frente a la hija de su mujer muerta. Y Toine era un gran trabajador. Había alabado a Toine delante de Matilda: un buen hombre que sólo necesitaba una esposa comprensiva. Matilda colocó los huevos con tocino y el café sobre la mesa.

     Ninguno de los dos dijo una sola palabra. Matilda se fué al campo a ayudar en la cosecha.  La cara de la muchacha le reveló que Toine no volvería nunca más. En un caluroso mediodía de agosto, Matilda dejó caer su horquilla y cayó al suelo retorciéndose. Joe la cargó hasta la casa, y cuando la recostó, sus manos estaban cubiertas de sangre. Inmediatamente la colocó en el camión y se la llevó al hospital, y después de una muy larga espera salió el doctor:

-Aborto le dijo-; eso no tiene importancia. Eso no es lo peor ni mucho menos. Matilda tenía blenorragia. No lo sabía y le había atacado la vista. Cuando Joe volvió con ella a casa, dos semanas más tarde, Matilda estaba ciega.

      Todos los ahorros de Joe Pulsa habían desaparecido y sus ganancias de verano estaban abandonadas en los campos. Pero Matilda estaba sana. Sus ojos no veían, pero su rostro, como la tierra bajo la luz del sol después de una gran tormenta, veía. Joe no le pidió perdón ni a Dios ni a ella...; lo que había hecho era para poder seguir viviendo con su cuerpo y con su alma.

      Durante los primeros meses, hasta que la viva inteligencia de la muchacha floreció, tuvo que ayudarla a vestirse y a bañarse. La vió desnuda y tocó su desnudez, pero estaba tranquilo y sin deseo, como si orara. Sin embargo, no rezó: Dios no podía borrar en él el pecado que había cometido, ni podía tampoco devolver la visión a los ojos de Matilda. Aquello que había hecho era algo con lo que tenía que vivir, así como Matilda viviría con su ceguera.

     De Toine y de la desgracia de ella, ni una sola palabra fué dicha. Ahora, más que nunca, ella regentaba la casa y discutía con su padrastro el precio de los huevos, la cuenta del hospital no pagada aún y la hipoteca del Banco. Aprendió a caminar con seguridad, a sacar leche y a lavar. Le pidió a Joe que dejara cada utensilio en un lugar determinado a fin de poder encontrarlo. Podía pelar papas y lavar los platos (por el olfato descubría la grasa), podía limpiar y sacudir y hasta podía sembrar y cosechar. Mientras trabajaba, como no podía ver la danza del sol y de las hojas, ni la del fuego en el hogar, tarareaba melodías que había cantado su madre o canciones que eran nuevas para ambos.

-¿Qué canción es ésa?
-No sé.
-Adoras la música, Matilda, y apuesto que te podría enseñar a tocar el piano.
-El piano no.

       Pocas semanas después le dijo:

-Padre, ¿recuerdas lo que dijiste a propósito de tocar? Si tuviera una guitarra, cuando no tenga otra cosa que hacer, podría acompañar mis canciones.

       La ciudad molinera tenía una profesora de música que dirigía el coro del colegio, que tocaba el órgano de la iglesia en los funerales y matrimonios y que les enseñaba piano a las hijas de las madres ambiciosas. Joe Pulsa fué a verla. Sí, la señorita Furnivale podía tocar un poco de guitarra.

-Es usted un muy buen hombre, señor Pulsa.

      El rostro curtido de Joe se enfureció:

-No, señora.
-¡Por supuesto que sí, señor Pulsa! ¡La pobrecilla! Por suerte que usted es tan consciente. Sus alabanzas lo enfurecieron, Yo misma le compraré la guitarra, y por cierto que son caras y usted tendrá que pagarla. Pero yo veré lo que puedo hacer y eso no le costará un centavo.

     Joe no podía aceptar ayuda, ni siquiera de Dios, y pagaría. Si la mujer rechazaba los dólares tendría que aceptar huevos y gallinas.

     Matilda se sentó con la señorita Furnivale a su lado y con la guitarra sobre la falda. Sus manos, que la acariciaban, percibían su brillo. La señorita Furnivale era una mujer regordeta con un rostro bonito, pero se notaba que se había reprimido por demasiado tiempo. Sus ojos tiernos acariciaban a cada niño, y los ojos sin luz de Matilda la convertían para ella en un niño. Con paciencia le enseñó a la muchacha cada cuerda y cómo debía sonar. Las desafinaba y le pasaba el instrumento a Matilda, cuyas manos palpaban lenta y sabiamente el cordaje, desde las llaves hasta el puente, mientras sus labios murmuraban como si viera. Una por una, lentamente, afinaba cada cuerda. Pasaron diez días antes de que la señorita Furnivale volviera para la segunda clase; se admiró de su pequeña afinadora: la guitarra estaba perfectamente afinada. La señorita Furnivale no era ningún virtuoso, y después de media docena de clases le dijo a Joe Pulsa que no tenía nada más que enseñarle.

-¡Matilda es extraordinaria! Esta muchacha es realmente música. Y parece estar feliz,' ¿no es cierto?, la pobre querida.

     La señorita Furnivale volvió a su casa con un pavo, huevos y una inmensa bolsa de papas.

     El nuevo juguete (era sólo eso para Joe) no influía en su trabajo. A estas alturas podía zurcir los toscos calcetines de Joe y mezclar y hacer el pan. Sus manos conocían los cuerpos de las vacas y de los caballos, y con ternura y suavidad la ayudaban, como si se dieran cuenta de la visión de sus manos, sus límites y su extraña percepción...

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