Literatura - Victoria - Parte 1

 Autor Waldo Frank

VICTORIA


       Después  de la muerte de Joe Pulsa ocurrió un milagro, de aquellos tan sencillos que ni siquiera se dan a conocer. En una taza rota que se encontraba en la cocina se encontraron tres billetes de un dólar, algunas monedas de veinticinco centavos y unos pocos céntimos. Como durante años no se habían pagado los intereses por la hipoteca sobre la granja, el Banco estaba por entablar un juicio; Joe no estaba afiliado a iglesia o sociedad alguna, y como ni siquiera tenía un terreno en el cementerio, era la ciudad la que tendría que cargar con su entierro. Lo colocaron dentro de una caja de pino que el carpintero hizo con algunos viejos tablones encontrados en el granero, y cinco hombres lo llevaron colina arriba hasta el hoyo que habían cavado y que sería su sepultura. A medida que avanzaban, el cajón, que estaba bien pesado cuando lo levantaron (Joe era un hombre fuerte y musculoso), se puso muy liviano. Al llegar a la cima de la colina, de pronto trató de volar y las manos de los cinco hombres tuvieron que realizar serios esfuerzos para sostenerlo en tierra. Cuando pasaron más allá de la cumbre, a medida que bajaban, se pasó el impulso de vuelo, pero el cajón estaba tan liviano como si estuviera vació. Tres de los cinco hombres eran campesinos, los vecinos de Joe  Pulsa; otro era el empleado del garage, y el quinto era el carpintero. Ninguno mencionó lo que le había pasado a él ni a los demás, nadie dijo una sílaba. La mayoría de la gente cuenta hasta a su mujer y a su marido sólo aquello que cree será juzgado cuerdo. Así es que nunca se habló del milagro, y como todo aquello que no se comparte, pronto fué considerado irreal...

1

A medio camino de la arada ladera de la colina, Joe vió el caballo y a Matilda contra el fresco cielo primaveral. Sus zapatos se enterraban en la tierra húmeda. "Ju-ju", oyó cómo la muchacha alentaba a la vieja yegua y la vió colocar el arado con firmeza, el que abría el surco obscuro.

-¿Por qué no la dejas descansar?

-Ju-ju- y la yegua, liberando su cerneja hirsuta, erizó su melena y sacudió su sudoroso cuello tratando de masticar la hierba joven.

-No tienes para qué trabajar tan rápido; no debes, Matilda.

-¿Y quién está trabajando rápido?

-El que te vea creerá que Joe Pulsa esclaviza a su propia hija.

Matilda volvió la cabeza hacia el valle adornado de hojas tiernas.

-¿Y quién mira?

Joe Pulsa (era un hombre fuerte, con el cuello de un toro y no mucho más alto que la muchacha) reveló sus pequeños dientes muy blancos y separados.

-¿Quién mira? Puede que tu madre te vea desde allá arriba. -Parpadeó hacia el cielo- . Puede que diga: "Joe, ¿qué fué lo que me prometiste? ¿Cuando morí no me prometiste cuidar a mi hija como si fuera tuya propia?" 
-Siempre te has preocupado de mí, ¿no es cierto? 
        Ahora Joe estaba colocado a más altura que Matilda y la brisa le traía el dulce olor de su transpiración. Sus senos llenaban la blusa empapada al apoyarse sobre el arado, y la falda moldeaba sus muslos, el nacimiento de la pierna y su estómago firme. Una araña se deslizaba por su pecho. Joe sabía que la muchacha, que no vacilaba en ayudar a una vaca en el parto, les tenía horror a las arañas, y con la palma abierta la reventó. El contacto con su carne, que cedía, lo llenó por primera vez con la sensación de su cuerpo. Necesitaba dejar su mano ahí, deseaba acostarse con ella sobre la tierra tibia.

      Aquella noche, Joe Pulsa luchó contra el demonio y oró a su mujer muerta pidiéndole ayuda. Se había casado con Clara cuando la hija de Clara tenía cinco años, y habían vivido en la granja años de ternura. De pronto, la mujer regordeta murió. Casi inmediatamente los brazos de su Matilda y sus hábiles manos lo ayudaron en el hogar, en el granero y en el campo. A los catorce años cocinaba y limpiaba casi tan bien como su madre. ¡Ahora, de pronto, se convertía para él en una mujer y en un peligro! A través de las cosechas y los animales Joe conocía la estaciones, sin ayuda de los seres humanos o de sí mismo. Aquella noche se encontraba extendido sobre su cama y a través de la liviana pared escuchaba la respiración de Matilda. Ahora que sabía que era una mujer y que la necesitaba en cuanto a mujer y que esta necesidad, ahora y siempre, intervendría con su necesidad de ella en la cocina y en el campo, el dolor era tan terrible como un parto. Toda vida nueva encierra terror. Pero esto no era bueno; si un ternero nacía mal se le podía sacrificar. Lo peor de todo era que sabía que si él abría la puerta de Matilda, ella no lo resistiría. Era inocente y se daría como la tierra que abre el arado.

     Cayó en un sueño inquieto. Cuando abrió los ojos la noche se disipaba. El trabajo casero lo tranquilizó. Mientras tomaban el desayuno, le habló con dureza, pero sus palabras se desvanecieron frente a su dulzura y todo quedó como antes. No quiso que le ayudara en el campo y aró solo, y en la huerta podó, injertó y pisoteó las flores. Pero seguía el hambre en su interior. Cuando volvió a descansar después del largo día de trabajo, el olor del alimento que ella había preparado incitó su deseo y acercó su cuerpo. La comida lo relajó, pero no la concupiscencia que se alimentaba en él. Y lo peor de todo era que ella no notaba nada.
 
      Más cansado de lo que había estado jamás, se acostó temprano y de inmediato se durmió. Se despertó frente a la ventana abierta que daba a la noche traicionera. La luna se había puesto, las nubes estaban bajas en la noche tranquila, los árboles respiraban y los insectos bullían, encerrándolo con su deseo. Y era sangre agria y estagnada que debía correr y podía correr: ahí estaba Matilda en la pieza del lado para hacerla correr. La puerta ni siquiera estaba con pestillo cuando la cruzó.
 
    La muchacha estaba de espaldas, con los brazos como los de un niño rodeando su cabeza. Dormía sumida en su propio calor, con la frazada alejada de sus senos. Se quedó quieto, temblando, con los brazos alzados a la altura de su pecho. Un ratón se escabulló del otro lado de la puerta. Con un grito que se ahogó en su garganta huyó silenciosamente de la habitación, pero Matilda ni siquiera se movió en el sueño. Joe salió hacia la noche repleta de frías vibraciones. Cuando se sintió totalmente helado, volvió a meterse en la cama.

       No confiaba en la derrota de su deseo. Un ratón lo había salvado. Pero como rata, su concupiscencia se abriría camino royendo y alimentándose. A la hora del desayuno miró a Matilda con ojos que suplicaban su ayuda. Ella estaba ciega al llamado de sus ojos. Y su madre, a quien le había rezado, también estaba ciega. Posiblemente Clara no podía ver ni ayudar, porque no estaba en ninguna parte. Como un ligero puente durante una inundación, la fe de Joe Pulsa se desmoronaba.

       Al día siguiente, un sábado, le dijo a Matilda con voz cortante:

-Voy a ir a la ciudad.

      La pequeña ciudad, a veinte millas de distancia, estaba llena de bares, pero a Joe no le gustaban los bares. Sin embargo, aguantó y vació su tercer vaso de cerveza en ese ambiente de mal olor, de sudor y de escupos, tratando de lograr una cierta tranquilidad, a fin de juzgarse a sí mismo y a su maldición. A su lado, en el bar, se encontraba un hombre alto, con una gran cabellera negra, que pidió un whisky con cerveza, y Joe reconoció el arrogante y bello rostro de Toine Cassère, un buen hombre cuando trabajaba, tan útil en el molino como en el campo, pero que nunca trabajaba por mucho tiempo y era el mismo demonio con las mujeres. Había granjas en las que su cara hacía aparecer la carabina; las muchachas y las esposas, se decía, no podían resistirle, y era responsable de más de un bastardo de la comarca.

-Lo invito al próximo dijo Toine.
-¿Y qué hace estos días?
Toine sacó un puñado de dólares de su bolsillo.
-Moi? Gozo de la vida con mis amigos y con mis enemigos.
-¿Tiene enemigos, Toine? Eso no está bien.
-¡Sobre todo con ellas! -rió Toine, Gozo de la vida, muy especialmente con mis enemigas, las damas.
-Toine, usted es un buen hombre y un buen trabajador. Debiera casarse. Búsquese una tierra y siente cabeza.

       La risa de Toine sobrepasó el ruido del bar.

-Las mujeres inteligentes son demasiado inteligentes como para casarse conmigo. Pero yo no soy ningún tonto. Soy demasiado inteligente como para casarme con una mujer inteligente.

      Los dos whiskies bebidos con Toine fueron un error; Joe se tambaleaba un poco cuando abandonó el bar; pero su gran preocupación lo acompañaba. La ciudad lo distraía, pero tenía que volver a casa. Joe se dirigió hacia un lugar en los alrededores de la ciudad, una casa administrada por una mujer fea, muy pintada y con vestidos de todos colores. Joe nunca había estado ahí. Entregó su dólar y se encaramó a una cama al lado de una mujerzuela huesuda con ojos ausentes y que lo servía con el mismo espíritu metódico con que habría aderezado un caballo o lechado una vaca. Media hora más tarde, Joe se encontró en la calle de casas grises y al lado de una colina desolada que el único farol hacía más amenazante e inmensa... y se dió cuenta de que el escape mecánico había sido inútil: su deseo de Matilda era más intenso, y ahora a su vergüenza agregaba el insulto de haberle faltado a la memoria de su esposa, y de haberlo pagado con un dólar.
 
     Hasta ahora, su resentimiento había sido contra su concupiscencia, pero de pronto se volvió furiosamente contra Matilda porque ella no podría resistirle; era demasiado inocente, ignorante y sumisa. La odió, y el odio inflamó el deseo. El anhelo de sus brazos de abrazar y de pegar, mezclado al alcohol de su estómago y al asqueroso sabor y vergüenza de la mujerzuela, le dió vértigos, Tuvo miedo de volver a casa.

      Lentamente se dirigió hacia la calle principal, donde los bares ahora brillaban contra la noche de pálido color lavándula, disipando la fragancia de las montañas..., de las montañas y de la granja donde Matilda esperaba traicioneramente. Volvió a entrar en el mismo bar en que había estado, luego se fué a otro, y en el tercero encontró a Toine, a quien inconscientemente había estado buscando.
     Dentro de una hora llegaron a un acuerdo. Por un muy buen sueldo, Toine decidió trabajar para él hasta el otoño.

-Hasta el lunes.
-Se viene conmigo inmediatamente.
-¿Está loco?; mañana es domingo.
-¡Esta noche! ¡Se viene conmigo esta noche!
Mientras sus labios sonreían, los negros ojos de Toine estudiaron al hombre que estaba tan extrañamente excitado.

-¿Le tiene miedo a la obscuridad? ¿Temeroso de estar solo en la obscuridad? Pero no está solo. ¿No tiene una niña?

-No va a dormir en el granero se apresuró a decirle Joe. Hay una pieza detrás de la cocina. Una pieza realmente bonita. Lista. Como miembro de la familia. ¡Pero se viene conmigo esta noche!

       El viejo coche de Joe se detuvo frente a una hilera de casas de madera en las afueras de la ciudad, donde Toine tenía una pieza. Toine volvió con un atado de ropa, su fusil y una caña de pescar. Subieron, en medio de la noche dulce, hacia la granja.
 
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