Logré una importante perspectiva sobre Auschwitz de un dentista israelí que había pasado tres años en ese campo. Estábamos completando una larga entrevista, durante la cual me había contado muchas cosas, incluyendo detalles de la supervisión de los dentistas de las SS de la remoción hecha por los prisioneros de rellenos de oro de los dientes de sus compañeros judíos muertos en las cámaras de gas. Echó una mirada a la cómoda sala de su casa con su hermosa visión de Haifa, suspiró profundamente, y dijo: “Este mundo no es este mundo”. Lo que pienso que quiso decir fue que, después de Auschwitz, los ritmos habituales y la apariencia de la vida, por más inocuos o agradables que fueran, estaban muy lejos de la verdad de la existencia humana. Debajo de esos ritmos y apariencia yacen la oscuridad y la amenaza
El comentario también plantea la cuestión de nuestra capacidad para abordar Auschwitz. Desde el comienzo ha habido una enorme resistencia de parte de casi todos a saber qué estaban haciendo y qué han hecho los nazis allí. Esa resistencia apenas se ha abatido, cualquiera que sea el interés actual en lo que llamamos “el Holocausto”, porque permitir a la imaginación de alguien entrar en la máquina de matar de los nazis –comenzar a experimentar esa máquina de matar es alterar la relación de uno con todo el proyecto humano. No queremos enterarnos de estas cosas.
Hablando psicológicamente, nada es más oscuro o más amenazador, o más duro de aceptar, que la participación de médicos en un asesinato masivo. Por muy tecnificados o comerciales que puedan haberse vuelto los médicos modernos, todavía se supone que son sanadores y responsables de una tradición de curación, que todas las culturas reverencian y de la cual se depende. El conocimiento de que el médico se ha unido a los asesinos agrega una dimensión grotesca a la percepción de que “este mundo no es este mundo”.
Cuando pensamos en los crímenes de los médicos nazis, lo que viene a la mente son los crueles y a veces fatales experimentos humanos. Esos experimentos, en su precisa y absoluta violación del juramento hipocrático, se burlan y subvierten la idea misma del médico ético, del médico dedicado al bienestar de los pacientes.
Un sobreviviente de Auschwitz que sabía algo de ellos me preguntó: “¿Eran bestias cuando hicieron lo que hicieron? ¿O eran seres humanos?”. No se sorprendió con mi respuesta: eran y son hombres, que es mi justificación para estudiarlos; y su conducta fue producto de un ingenio y una crueldad específicamente humanos. – con lo que yo he luchado a lo largo de este estudio– es la perturbadora verdad psicológica de que la participación en asesinatos masivos no requiere emociones tan extremas o demoníacas como parecerían apropiadas para un proyecto tan malvado. O para decirlo de otro modo, gente común puede cometer actos demoníacos.
Pero hay otra perspectiva sobre el asesinato medicalizado que creo que no está suficientemente reconocida: matar como un imperativo terapéutico. Este tipo de motivación se reveló en las palabras de un médico nazi citado por la distinguida médica sobreviviente, la doctora Ella Lingens-Reiner. Señalando a las chimeneas a la distancia, le preguntó el médico nazi Fritz Klein: “¿Cómo puede conciliar esto con su juramento [hipocrático] como médico?”. Su respuesta fue: “Por supuesto, soy médico y quiero preservar la vida. Y, por respeto a la vida humana, quitaría un apéndice gangrenado de un cuerpo enfermo. Los judíos son el apéndice gangrenado en el cuerpo de la humanidad”.
Así, para Hans Frank, jurista y gobernador general de Polonia durante la ocupación nazi, “los judíos eran una especie inferior de vida, una especie de plaga, que con el contacto infectó al pueblo alemán con enfermedades mortales”. Mientras a esta visión se la suele mencionar como “darwinismo social”, el término se aplica solo de manera laxa, en gran parte al énfasis nazi en la “lucha” natural y en la “supervivencia del más apto”. El régimen, en realidad, rechazó gran parte del darwinismo; como la teoría evolutiva es más o menos democrática en sus supuestos de un inicio común de todas las razas, por lo tanto,
se opone al principio nazi de la inherente virtud racial aria. Aún más específico para la visión biomédica fue el crudo imaginario genético, combinado con visiones eugenésicas aún más crudas. Aquí, Heinrich Himmler, como supremo sacerdote, habla de la tarea de liderazgo como la del “experto que cultiva plantas y que, cuando quiere lograr una nueva cepa pura de una especie muy probada que ha quedado agotada por demasiadas cruzas, primero va al campo a sacrificar las plantas no deseadas”
El proyecto nazi, entonces, no fue tanto darwiniano o darwinista social, sino una visión de control absoluto sobre el proceso evolutivo, sobre el futuro biológico humano.
En estas visiones, los nazis adoptaron no solo las versiones del antisemitismo místico medieval, sino también una afirmación más nueva (de los siglos xix y xx) de “racismo científico”. Las características judías peligrosas podían vincularse con supuestos datos de disciplinas científicas, de modo que una “corriente dominante de racismo” se formó a partir de la fusión de la antropología, la eugenesia y el pensamiento social. La resultante “biología racial y social” podía hacer que formas violentas de antisemitismo parecieran intelectualmente respetables a hombres y mujeres instruidos.
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